Una temporada a la sombra. (Artículo publicado en Polska Viva, junio de 2015)


A pesar de los cambios experimentados a lo largo de la Historia en sus funciones y características, y no obstante la oposición que suscita entre no pocos juristas, psicólogos y sociólogos, la prisión sigue constituyendo en nuestros días la cúspide del sistema retributivo penal en aquellos países que, como Polonia o España, renunciaron hace tiempo a aplicar castigos mayores.


Cada día, una media de veinte personas ingresa en alguna de los ochenta y siete establecimientos con que cuenta el sistema penitenciario polaco, hasta completar una población reclusa estimada en unas ochenta mil. Un gran porcentaje de dicho colectivo lo forman individuos cuya forma de vida les hace habituales de dichos lugares. Otros muchos jamás habrían pensado que llegarían a conocer una cárcel por dentro. Se trata por lo general de personas ajenas a ese submundo que un mal día cometieron un error: un tonteo con una pequeña cantidad de droga, una firma falsificada, un accidente de tráfico, una riña llevada demasiado lejos… nadie está completamente a salvo de verse en dicho trance.


El Código Penal Ejecutivo polaco de 1997, reformado en 2003, prevé como fin principal de la prisión la resocialización del delincuente. También establece, en línea con los diversos convenios internacionales de que Polonia es parte, que deben garantizarse condiciones de vida adecuadas al recluso. Sin embargo, la práctica muestra una imagen bien diferente. Por lo general, las prisiones polacas están masificadas y su estándar está alejado del de otros países europeos.


¿Y qué es lo que se encuentra una persona que ingresa por primera vez en una cárcel polaca? Los traslados desde las dependencias policiales se realizan en vehículos sin ventanillas, o con sólo una pequeña apertura para dejar pasar algo de luz, por lo que apenas es posible observar el camino que lleva al centro. Una vez el furgón atraviesa los muros del centro, coronados de alambre de espino, el nuevo inquilino toma contacto con la realidad. De modo expeditivo -y no siempre empleando las mejores maneras- los funcionarios le identifican y registran, y examinan sus pertenencias. Se le permite conservar aquellas que no estén prohibidas y que no entrañen un riesgo para la salud –objetos de culto, libros y notas, artículos de higiene personal, fotografías– quedando el resto  listadas y bajo custodia. Por supuesto, radios, teléfonos móviles y en general cualquier aparato que permita el contacto con el exterior queda requisado.


A continuación, se le conduce a la celda, que compartirá con otros internos. Los presos son agrupados según su nivel de peligrosidad, de sus características médicas y psicológicas, de si son o no reincidentes y de si se encuentran en prisión provisional o cumplen ya una condena en firme. La legislación prevé que la celda deberá contar al menos con 3 metros cuadrados por recluso. Sin embargo, a menudo el espacio por preso es sustancialmente menor. En cada celda suele haber cuatro personas, que se distribuyen en dos literas. Empero, no es excepcional que dicho número se supere, llegando a haber en ocasiones más de diez personas. Las celdas individuales, estándar en el sistema carcelario español, son reservadas para los internos peligrosos o en régimen de aislamiento.


En cada celda hay una pequeña instalación sanitaria con un lavabo y un inodoro sin puerta. Las duchas tienen lugar normalmente una vez a la semana. Hay tres comidas al día, al menos una de las cuales debe ser caliente. No son precisamente ejercicios de haute cuisine.


Sin embargo, por encima de la referente a la alimentación, la queja más generalizada entre los presos es la que concierne al modo en que pasan el tiempo. Al contrario de lo que ocurre en España, en Polonia es normal que los internos permanezcan recluidos veintitrés horas al día en la celda, dejándoseles una hora para caminar por un pequeño patio. Dado que la televisión o la radio son un privilegio que depende de que haya alguna disponible, el aburrimiento y la desesperación se convierten en el auténtico enemigo. 


Decenas de españoles e iberoamericanos cumplen condena en los penales polacos en la actualidad. Toda vez que se trata de una experiencia altamente prescindible, es recomendable, si alguna vez somos detenidos en Polonia, contar con la mejor asistencia letrada posible.

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